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EL LIBRO

La Liberación del Alma

Tomé asiento y encargué un capuchino. Disfruté de aquel momento de tranquilidad en
mi interior, a sabiendas de que había hecho todo bien.

El momento de llevar a cabo el último paso había llegado…

Inspirado en

Mi Vida

En una pequeña ciudad provinciana a las afueras del cantón suizo de Argovia y al lado del bosque, en medio de una zona verde, se encontraban los bloques de viviendas antiguos que, junto con el único asilo de ancianos de la ciudad, caracterizaban aquella zona pobre dónde vivía el pequeño Jochen.

«El suicidio o la aceptación de su propio destino»

El tren se paró en Lausana, en un soleado y agradable día de enero del año 2012. Con gran esfuerzo arrastré las dos maletas con mis efectos personales hasta fuera del tren. Por supuesto, una de las maletas contenía algunas otras cosas adicionales que posiblemente no iba a necesitar ya más. El flotador era para sentarme, me lo había dado una amiga, las compresas y las enormes bragas me las había comprado yo unos días antes en una tienda. No sabía realmente si iba a necesitar todo aquello.

Después me dirigí directamente hacia la parada de taxis, intentando con mi cabezonería habitual aplicar la ley del más mínimo esfuerzo. Aquel día no había mucho movimiento y enseguida se me acercó un joven con aspecto deportivo preguntándome:
-¿Señora, me permite que le ayude?
Me había llamado “Señora”. Mi corazón dio un brinco de alegría. Con mi perfecto francés, que todavía dominaba de mi época en Ginebra, le respondí:
-Si, muchas gracias, ¡muy amable! Me dirijo a la clínica. ¿Está Vd. libre?”

Tras muchos años de sufrimiento se abre el telón a una dramática realidad que sólo deja dos alternativas: el suicidio o la aceptación de su propio destino.

Adolescencia

¿Acaso eres ahora una tía? ¿Una tía? ¿Acaso eres ahora una tía? Aquella frase resonaba sin cesar dentro de mí, a través de la mirada de mi padre.

Sin saber cómo, me volví a encontrar en la habitación de mis padres con el pelo mojado. Me había puesto unas medias de mi madre, cuando escuché pasos en el vestíbulo y me sobresalté.
De pronto se abrió la puerta y mi padre se quedó parado ante mí. Al verme retrocedió. Su mirada reflejaba incredulidad, a la vez que sorpresa, para dar de inmediato paso a la ira.
-Pero ¿qué significa esto? ¿Acaso eres ahora una tía? – susurró en tono histérico.
Yo sentí como la sangre se me subía a la cabeza, estaba como paralizado. No conseguía siquiera adivinar cómo había llegado hasta allí. No podía mediar palabra, mi garganta estaba totalmente seca.
-Pero ¿dónde estaba mi madre? La habría necesitado tanto en aquel momento.
-¡Quítate eso de inmediato, antes de que nadie lo vea! – exclamó.

De repente me desperté asustado. Mi dormitorio estaba a oscuras. Del salón me llegaba ruido y voces agitadas. Me levanté y crucé el oscuro pasillo que llevaba hasta allí. La luz del salón se apreciaba a través de la puerta entreabierta. Inquieto la empujé. El reflejo de la lámpara del comedor me permitió ver a mi madre que yacía en el suelo. Un extraño, con aspecto de médico, estaba inclinado sobre ella y presionaba rítmicamente sus manos colocadas una encima de la otra sobre el pecho de mi madre, agitándose su cuerpo con cada presión. Había sudado y un mechón de cabello estaba pegado a su cara.

La muerte de mi madre

-Señor, te lo ruego, no permitas que se muera.

Yo apretaba la mano de mi padre y él la mía, aferrándonos el uno al otro, como si de esta manera pudiéramos preservarnos de la caída en aquel precipicio que se abría sin remedio antenuestros pies.

Ginebra

Fase de velocidad y machismo

Vivir la vida y pasar de todo, ese es el nombre que le quiero dar a aquella época; o más bien, el desmadre total. Porque eso es justamente lo que hice cuando con dieciocho años me fui a Ginebra, desmadrarme. Aquella ciudad se convirtió en el lugar en que me encontré a mí mismo a través de una íntima y salvaje amistad con mi propio yo.

Silvia y el comienzo de una vida “seria”

-Hola, seguro que te apetecería bailar. Pregunté, intentando no tartamudear.
La mirada de aquellos ojos grandes y marrones me atrapó, tocó mi alma. Primero me miró titubeante, después me sonrió. Se puso de pie, se estiró un poquito.
-Efectivamente, me apetece bailar.
Con qué naturalidad la tomé de la mano y me dirigí con ella al medio de la sala. Aunque en ese momento sentí la inseguridad de mi mano, rodeé sus caderas con mi brazo y empezamos a bailar, primero tímidamente y después más explayados. La miré a los ojos inquisitivamente. Ella me devolvió la mirada y nos sonreímos mutuamente.

La Meta

“Tout s’est bien passé”

¡Todo ha salido bien!

Me sentí tan feliz.

Tras aquel largo camino de sufrimiento, que me persiguió toda una vida, había logrado por fin llegar a la meta que tanto deseaba.

Ginebra, Fase de velocidad y machismo

Vivir la vida y pasar de todo, ese es el nombre que le quiero dar a aquella época; o más bien, el desmadre total. Porque eso es justamente lo que hice cuando con dieciocho años me fui a Ginebra, desmadrarme. Aquella ciudad se convirtió en el lugar en que me encontré a mí mismo a través de una íntima y salvaje amistad con mi propio yo.

La Liberación del Alma

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La Liberación del Alma